12 noviembre 2019 | Chris Walley | 0 comentarios

Una mala semana y unos buenos recuerdos

Adaptación con permiso del blog de Chris y Alison.

Iba a ser una buena semana. Pero no lo fue. Empezábamos a disfrutar de nuestro nuevo hogar y también recibíamos la visita de nuestro hijo menor y de su familia. Entonces, a mediodía del jueves, bajo el cálido sol de Provenza, recibimos la espantosa noticia de que un terrible accidente de automóvil en Sudáfrica se había llevado las vidas de nuestros antiguos amigos de A Rocha Chris y Susanna Naylor, y con ellos la de Miranda Harris, y había dejado al marido de ésta, Peter, recuperándose en un hospital.

El fallecimiento de Miranda es un golpe duro. Era una mujer verdaderamente memorable que personificaba la gracia cristiana y era una persona que se preocupaba y valoraba a todo aquel que conocía. Pero aquí quiero hablar de Chris y de Susanna, y escribir algo sobre el papel que desempeñaron en la conservación del humedal Aammiq y la fundación de A Rocha Líbano.

Susanna y Chris Naylor

Susanna y Chris Naylor

Mi esposa, Alison, y yo conocimos a Chris y Susanna en un acto social en Beirut, en octubre de 1995. Acababan de llegar como trabajadores cristianos al valle de la Bekaa y enseguida se hizo evidente que ambos eran naturalistas entusiastas y empatizaban con nuestras ideas de intentar poner algo en marcha en cuanto a conservación medioambiental. Conocíamos A Rocha, pero ellos apenas habían oído hablar de ello. Volvimos a vernos a finales de año y hablamos mucho más sobre el medio ambiente y por primera vez hablamos de Aammiq, una zona del valle de la Bekaa que había sido un gran humedal de importancia internacional –era de nivel Ramsar– antes de que empezara la Guerra Civil en 1975, pero desde entonces se había deteriorado. (En 1995, un ecologista libanés de primer orden me había dicho que Aammiq estaba ‘acabado’).

No estaba acabado, pero estaba en peligro crítico y tras la visita de varias personas, incluidos Peter y Miranda Harris, nos dimos cuenta de que se podía hacer algo y los Naylor –que vivían a solo 10 km de allí– fueron quieren dirigieron los trabajos. Y tanto los dirigieron, que al cabo de poco tiempo ya existía algo que comenzamos a denominar ‘A Rocha Líbano’. (Como segundo proyecto, también fue significativo ver que A Rocha iba más allá de ser una organización local con base en Portugal y pasaba a ser una organización internacional).

A medida que las puertas se abrían de una manera literalmente milagrosa y el extraordinario proyecto Aammiq evolucionaba, trabajamos muy de cerca tanto con Chris como con Susanna. Inevitablemente, pasé más tiempo con Chris, ya fuera en la ciénaga o en reuniones en Beirut, pero estábamos muy al corriente del papel de Susanna como madre, ama de casa y anfitriona paciente en el excitable, inquisitivo y a menudo frustrante pueblo de Qabb Elias, en el valle de la Bekaa.

No era un lugar donde fuera fácil vivir. Por una parte, era una zona del Líbano que la embajada británica consideraba insegura para que los ciudadanos del Reino Unido la visitaran, no hablemos ya de habitar permanentemente en ella. El retumbar de la artillería en la Bekka meridional era un fondo sonoro perfectamente normal, y las incursiones aéreas israelíes contra los diversos ‘objetivos militares’ del valle eran habituales. También hacía un frío endiablado en invierno, con fuertes nevadas, y un calor asfixiante en verano. En la carretera de Beirut, que trepaba hasta más allá de los 1500 metros, eran legendarias las dificultades con los puestos de control del ejército sirio, los amontonamientos de nieve en invierno y una tendencia irritante a ser propensa a los accidentes.

El propio humedal suponía un desafío. Era común la caza incontrolada, y era difícil descubrir exactamente qué poseía cada familia propietaria de tierras. Durante los primeros años, una línea de tanques y vehículos blindados sirios encarados hacia el sur marcó el límite norte del humedal.

Vista del humedal Aammiq, verano 2003 (foto de Chris Walley)

Vista del humedal Aammiq, verano 2003 (foto de Chris Walley)

Pero en este entorno poco prometedor, Chris y Susanna consiguieron muchísimo. Habían estudiado árabe y trabajaron duramente para mejorar su árabe coloquial, lo que les permitió hacer muchos amigos y establecer muchos contactos. Chris tenía un talento especial para llevarse bien con la gente y muy pronto consiguió la amistad –y el respeto– de los propietarios de tierras, cazadores y la mezcla a menudo volátil de individuos de Qabb Elias. Poseía una gracia amable que aplacaba incluso a los inevitables hombres con metralletas que tenían –o decían tener– autoridad en esa parte de la Bekaa. La capacidad de Chris para hacer amigos también quedaba clara en las interminables reuniones con propietarios de tierras, los diversos ministros en Beirut y con otras ONG interesadas. Cuando estaba con él, yo siempre salía impresionado por su valor, su sabiduría y su amabilidad. En una cultura que dependía de la creación de vínculos, lealtades y obligaciones, era impresionante la forma en que Chris y Susanna desplegaban una integridad abierta e inconmovible. Todo el mundo sabía que no se les podía ni comprar ni manipular: y eso significaba que eran dignos de confianza.

Chris era un naturalista excelente; tenía una mente científica de primera, unos amplísimos conocimientos, una energía inagotable y hallaba un profundo deleite en el mundo natural. No era solo un buen ecologista de campo; tenía un profundo deseo de comprender el cuadro en su totalidad, de descubrir cómo, de la geología a las prácticas agrícolas, todo se imbricaba y colaboraba.

Podría hablar mucho más sobre lo que hicieron Chris y Susanna, como lo demuestran las distintas historias que su familia y amigos comparten en todo el mundo. Tuvieron un papel relevante cuando se trató de hospedar a cualquier número de visitantes, ya fueran observadores de aves, o medioambientólogos, o simplemente curiosos. Eran de suma importancia cuando se trataba de animar a las iglesias a que tomaran en consideración su deber para con la preservación del mundo natural. Sin ocultar de ninguna manera su propio compromiso cristiano, construyeron lazos sólidos con muchas comunidades superando las profundas divisiones que explotaron brutalmente durante los 15 años de la Guerra Civil.

Finalmente, Aammiq se salvó. Aunque actualmente A Rocha tiene un pequeño papel en su gestión, hoy en día está legalmente protegido y, con un popular eco-restaurante con vistas al humedal, es considerado actualmente, junto con los cedros bíblicos, una de las riquezas naturales del Líbano. Que haya sido protegido se debe en gran medida a la labor de Chris y Susanna.

Aammiq en primavera, mirando al nevado Monte Hermon (fotografía de Chris Walley, 2003)

Aammiq en primavera, mirando al nevado Monte Hermon (fotografía de Chris Walley, 2003)

Chris mencionó algo de lo que hicieron en su libro Postcards from the Middle EastPostales desde Oriente Medio«) pero, dado que estábamos allí, queremos dejar claro que la modestia que caracterizaba a Chris le hizo minimizar tanto los éxitos como las dificultades a las que se enfrentaron él y Susanna.Y hubo muchas dificultades. Pero Chris y Susanna sabían en qué se habían implicado, cuáles eran los riesgos y cuáles los desafíos a los que se enfrentaban. El suyo era un compromiso lúcido, inteligente y meditado con el Líbano, sus gentes y sus riquezas naturales. Para un visitante esporádico, Chris y Susanna parecían ser inmunes a las agotadoras frustraciones, las perpetuas crisis y las profundas tensiones que caracterizaban a un Líbano cuya historia era una reciente (y posiblemente repetible) guerra civil. Aquellos de nosotros que les conocíamos sabíamos que lo que estaban haciendo tenía un coste. Pero un profundo y hondo sentido de llamada y su confianza en Cristo hicieron que no cejaran en sus esfuerzos.

Alison y yo mantuvimos el contacto después de abandonar el país en 1998 y Chris, como siempre con la eficaz ayuda de Susanna, continuó construyendo amistades y desarrollando el trabajo en Aammiq y consiguió que A Rocha Líbano estuviera presente en todo el país. A su regreso al Reino Unido, nos encantó saber de su nuevo cargo en A Rocha International y seguimos viéndonos y comunicándonos con regularidad.

Es tentador pensar en lo que podrían haber conseguido Chris y Susanna si hubieran dispuesto de más años. Quizá sea mejor celebrar lo que consiguieron durante el tiempo que les fue otorgado. Gracias a una sensación de llamada cristiana, Chris y Susanna eligieron enterrarse en uno de los lugares más difíciles de Oriente Medio. Lo que consiguieron allí es sorprendente. No fue solo la protección de Aammiq –¿cuántas personas consiguen salvar una zona Ramsar?–, sino la manera en que afectaron a tantas vidas, animaron a tantas personas y demostraron a todo el mundo que existe coherencia en ser cristianos comprometidos y cuidar del medio ambiente.

Chris y Susanna vivieron bien sus vidas por Dios y por su creación. ¿Qué más –o qué mejor– podría decirse de cualquiera de nosotros?

Traducción: Marisa Raich

Categorías: Historias
Palabras clave: humedales Líbano
Sobre Chris Walley

Chris es licenciado y doctor en geología y ha trabajado como geólogo consultor para empresas pretrolíferas y como profesor en universidades y escuelas secundarias. Sin embargo, siempre ha participado a fondo en temas medioambientales. Pasó un total de ocho años en el Líbano (1980-84, 1994-96), y durante ese segundo período fue parcialmente responsable de la fundación de A Rocha Líbano. Él y su esposa, Alison, viven ahora en el sur de Francia, a medio camino entre dos centros de A Rocha Francia. Chris forma parte de la junta directiva de A Rocha Francia y participa en semanas de enseñanza en Courmettes y dirige un popular tour sobre la historia natural de la finca. En el tiempo que le queda libre, le gusta escribir tanto ficción como teología popular, y ha escrito varios libros conjuntamente con J. John; el más reciente, Jesus Christ: The Truth.

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