14 marzo 2013 | Miranda Harris | 0 comentarios

Los cinco compromisos básicos de A Rocha vividos por John Stott – 2: Conservación

Tengo una foto favorita de John Stott. Está inclinado sobre una mata de azafranes silvestres en una ladera pedregosa de Turquía, con la pesada lente de su cámara perfectamente estable en sus manos extendidas a pesar del ángulo incómodo de su cuerpo. Siempre es divertido fotografiar a fotógrafos.

John Stott fotografiando la naturaleza en Turquía

La pasión de John por la observación de aves y por la fotografía es legendaria. Una ambición de toda su vida, capturar en un video la impresionante vista de los búhos blancos en sus nidos del Ártico, se cumplió cuando tenía más de setenta años; fue más una peregrinación que un paquete turístico de vacaciones.

Otras expediciones menos ambiciosas no estuvieron menos impregnadas de determinación divina. Al ser semi-reconocido una mañana al final de un servicio dominical en uno de esos viajes, simplemente agachó la cabeza con un casi inaudible ‘de hecho, somos observadores de aves’, y se dirigió hacia las colinas.

Pero su apreciación de toda la creación era una parte integral de su amor por el Creador. Pocas cosas vivientes escaparon a su penetrante mirada e insaciable curiosidad. ‘El estudio de las aves de los cielos no es una sugerencia de Jesús’ –decía–, ‘es un mandamiento’; un mandamiento que le encantaba obedecer siempre que su rigurosa agenda se lo permitía. ¡Debió hacerlo repetidas veces, ya que de las aproximadamente 9000 especies que se estima existen en el mundo consiguió ver, y a menudo fotografiar, casi una tercera parte!

Pero la pasión por la observación de aves no es necesariamente lo mismo que ser conservacionista. Sin embargo, John fue ambas cosas. Ya en 1984, cuando los problemas ambientales estaban lejos de los primeros puestos de la agenda de la iglesia, discutía fuertemente que todos los cristianos tienen la responsabilidad de cuidar de la creación. ‘La responsabilidad incluye la conservación’, escribió, ‘quizá finalmente la mayor amenaza para la humanidad no será la guerra nuclear sino un peligro en tiempos de paz, es decir, la expoliación de los recursos naturales de la tierra por la locura o la codicia humanas’. [1] John estaba plenamente convencido, tanto teológica como científicamente, de que la creciente crisis ecológica amenaza no sólo la salud de la humanidad, sino su propia supervivencia y la del propio planeta.

Entre las innumerables razones para preocuparnos seriamente destacó cuatro realidades ineludibles: el crecimiento acelerado de la población mundial, el agotamiento de los recursos de la tierra, el problema de la eliminación de residuos y las consecuencias catastróficas del cambio climático, especialmente para los pobres. En su incansable y permanente misión de aplicar las verdades bíblicas a la vida cotidiana, John llegó a la conclusión de que todos los cristianos reflexivos y comprometidos se enfrentan a decisiones difíciles con respecto al medio ambiente. Él creía que es justo, aunque consume tiempo, comprar ropa, alimentos y otras necesidades a empresas con políticas ambientales éticamente correctas. El reciente escándalo acerca de la carne de caballo en Europa nos ha recordado que el conocimiento de la procedencia de los alimentos es una buena idea también por otras razones. ‘¿Cuándo la carne de vacuno no es de vacuno?’ ya no suena como un chiste de un niño de cuatro años. (Vea nuestro artículo ¡Un caballo! ¡Un caballo! El reino de Dios por un caballo?)

La magnitud del problema es enorme y potencialmente paralizante, pero hay cosas sencillas y prácticas que podemos hacer. Podemos comprar menos, comer menos, reciclar más, apagar las cosas eléctricas que no necesitamos. Podemos observar más el mundo natural, dar gracias por él, estudiarlo, y hacer todo lo posible por cuidar de él. Todos estos principios se reflejaban en el sencillo estilo de vida de John. Por lo que yo sé, no se preparaba sus propios cereales ni cultivaba tomates orgánicos en el alféizar de su ventana londinense. Pero comía con sencillez, y rara vez iba de compras. Sus posesiones eran pocas y preciosas, ya que eran en su mayoría regalos de amigos de todo el mundo. Sus paredes estaban forradas de libros, pero que estaban en uso constante y sin duda también en circulación. ¡También escribió muchos él mismo! Comprar ropas representaba una menor tentación para él que para mí, pero este caballero inglés vestía siempre de manera impecable. Sabemos que poseía dos trajes, ambos de color azul claro y, milagrosamente, a prueba de arrugas. Tenía atuendos sorprendentemente coloridos, camisas y corbatas de África y Asia. También tenía un llamativo sombrero para el sol de color azul y verde que apareció, al igual que los azafranes, en aquella ladera turca pedregosa.

También aparece en mi foto favorita…

[1] Stott, John R.W. Issues Facing Christians Today, p 115. Marshall, Morgan and Scott, Hants UK, 1984

Traducción: María Eugenia Barrientos / Marisa Raich

Categorías: Historias
Sobre Miranda Harris

Peter y Miranda se mudaron a Portugal en 1983 para fundar y poner en funcionamiento el primer centro de estudios de campo de A Rocha. Con sus cuatro hijos, vivieron en el centro durante doce años hasta que en 1995 el trabajo fue transferido a un liderazgo nacional. Entonces se mudaron para fundar el primer centro de A Rocha en Francia cerca de Arles, y vivieron allí hasta 2010 proporcionando coordinación y aportando liderazgo al movimiento global en rápido crecimiento. Ahora han regresado al Reino Unido, desde donde trabajan para apoyar a la familia A Rocha en todo el mundo al tiempo que se mantienen cerca de la suya propia, especialmente de sus nietos. Su historia se relata en Under the Bright Wings (“Bajo las alas brillantes”, 1993) y Kingfisher’s Fire (“El fuego del martín pescador”, 2008).

Ver todos los artigos de Miranda Harris

Deja un comentario