1 noviembre 2018 | Andrew Shepherd | 0 comentarios

Comprar hasta el colapso: Dádiva y gratitud en una cultura de consumo excesivo

A finales de este mes, la locura compradora se apoderará de muchas ciudades en un fin de semana de compras. El viernes 23 y el lunes 26 de noviembre, cientos de millones de consumidores se dirigirán a tiendas y centros comerciales, a menudo pasando la noche al raso frente a esos establecimientos, únicamente con el fin de asegurarse la adquisición de productos rebajados. El Black Friday y el Cyber Monday, como se les conoce, son fechas actualmente muy marcadas en el calendario estadounidense, y el Black Friday es el día del año en que más ventas se producen en los Estados Unidos.[1] A lo largo de los últimos años, el Black Friday y el Cyber Monday se han convertido en un fenómeno global, cada vez más promocionado por los comerciantes del Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica.

La gente corre a unos grandes almacenes a medianoche del Black Friday (foto de AFP Press / Stan Honda / Diariocritico de Venezuela, CC BY)

La gente corre a unos grandes almacenes a medianoche del Black Friday (foto de AFP Press / Stan Honda / Diariocritico de Venezuela, CC BY)

El hecho de que cada año el aumento de ventas en este fin de semana sea recibido con deleite por los comercios es sintomático de hasta qué punto el pensamiento económico actual ha desconectado del mundo real.  Mientras se alaba esta actividad compradora por su contribución al crecimiento económico, simultáneamente nos enfrentamos a la aterradora realidad de que los niveles globales de consumo de recursos son insostenibles.[2] Estamos, literalmente, «devorando nuestros hogares y nuestro entorno», y de continuar la trayectoria que seguimos actualmente probablemente nos enfrentaremos al mismo futuro que muchas civilizaciones anteriores: el colapso.[3]

Y ¿cuál será el destino de la mayor parte de estos artículos recién comprados? La obsolescencia programada significa que dentro de un corto período de tiempo muchos de ellos dejarán de funcionar y, al no poder ser reparados, deberán ser sustituidos. Otros objetos merecerán nuestra atención durante un breve período de tiempo, pero muy pronto serán olvidados y quedarán amontonados en armarios, guardarropas, garajes y almacenes.[4]

El fenómeno del Black Friday y el Cyber Monday es sintomático de nuestra cultura consumista contemporánea. Vivimos un momento de la historia en el que nuestro modo de vida se caracteriza por una publicidad estridente, un exceso de consumo que no deja de aumentar y una producción descontrolada de residuos, todo ello con consecuencias desastrosas para las comunidades ecológicas de las que formamos parte y de las que dependemos para nuestra supervivencia.

Pero así y todo, existe una narrativa alternativa. Irónicamente, el Black Friday y el Cyber Monday forman parte del fin de semana festivo del ‘Día de Acción de Gracias’, que se celebra cada año en Estados Unidos el cuarto jueves de noviembre. La celebración tiene su origen en una fiesta de acción de gracias celebrada en 1621 en la cual los peregrinos puritanos del Mayflower y los nativos americanos –cuyas corteses dádivas y hospitalidad fueron esenciales para que los peregrinos pudieran sobrevivir durante su primer invierno en esta nueva tierra– se reunieron durante tres días para celebrar una buena cosecha.

El núcleo de la tradición religiosa cristiana incluye también una profunda actividad de “acción de gracias”. Reunidos en comunidad alrededor de una mesa, los cristianos participamos de la Eucaristía (literalmente, “acción de gracias”), en la que los elementos esenciales de la creación –agua, sol, tierra– aportan los presentes de granos y uvas, que luego se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Consumimos juntos esas dádivas con una profunda gratitud y con la plegaria de que esas dádivas/sacramentos nos sostengan para convertirnos en el Cuerpo de Cristo en el mundo.

En este momento de la historia humana, parte integrante de ese Cuerpo es la necesidad y la llamada a vivir unas vidas que consuman menos recursos de la tierra. Vivir con sencillez y con gratitud significa reconocer verdaderamente que todo cuanto tenemos es «una dádiva de Dios» y que esos obsequios nos son otorgados no para nuestro propio beneficio sino para ser compartidos con la gran comunidad de la creación de Dios; para que toda la creación prospere y, en consecuencia, pueda unirse en la celebración y la alabanza del Divino Donador.

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Notas finales:

[1] Ni siquiera es necesario salir de casa para participar en este torbellino de terapia compradora, dado que los consumidores hacen cada vez más sus compras en línea. En 2016 las ventas en Estados Unidos a través del comercio electrónico durante el BlackFriday y el Cyber Monday supusieron un total de 7.000 millones de dólares USA.

[2] Este año de 2018, el 1º de agosto se celebró el Día de la Deuda Ecológica: el primer día en que los humanos hemos consumido los recursos mundiales con más rapidez de lo que se pueden regenerar en un año.

[3] Jared Diamond, Collapse: How Societies Choose to Fail or SucceedColapso: Cómo las sociedades eligen fracasar o tener éxito»), 2ª ed., (Nueva York: Penguin: 2011).

[4] El creciente sector del almacenaje es testimonio del apetito consumidor aparentemente ilimitado de las culturas contemporáneas. Existen en la actualidad 1.430 puntos de auto-almacenaje en el Reino Unido, que facturan anualmente 540 millones de libras. En los Estados Unidos el sector del almacenaje factura 38.000 millones de dólares al año, y 1 de cada 11 ciudadanos estadounidenses alquila espacios donde guardar el exceso de objetos que ha comprado pero que ya no utiliza.

Categorías: Reflexiones
Palabras clave: consumismo gratitud
Sobre Andrew Shepherd

El Dr. Andrew Shepherd es co-director de A Rocha Aotearoa Nueva Zelanda. Tiene veinticinco años de experiencia en enseñanza y en hacer posible el aprendizaje en las áreas de estudios de teología, ética y medio ambiente. Trabaja en la educación teológica/medioambiental con iglesias y organizaciones comunitarias, y también desempeña funciones de docencia e investigación con algunas instituciones educativas terciarias. Andrew vive con su familia en el valle de Makarora, a las puertas del Parque Nacional del Monte Aspiring y Te Wāhipounamu, Patrimonio de la Humanidad.

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